El "Nobel" invisible que Gabo me dio

El día que Gabo me condenó a seguir cazando historias
Por:
Juan Carlos Rueda Gómez
Soy muy malo para recordar fechas, pero esa es inolvidable: domingo 6 de marzo de 1994, el día de su cumpleaños. Y el de mi padre, Miguel, valga decirlo. Se celebraba el Festival de Cine de Cartagena y fui a esa ciudad con mi compadre Ernesto McCausland. Eran los días en que nutríamos con largos conversatorios inundados de café amargo el dulce sueño de hacer cine, cuando hasta los amigos más cercanos se burlaban de nosotros. Aprovechamos el festival para ver de qué nos podíamos untar o con quiénes nos podíamos rozar para seguir alimentando el gusanillo que llevábamos dentro, o darle gusto a la “rasquiñita”, como solíamos llamarlo en nuestro código secreto, que yo alimentaba cada día con nuevos términos en clave, lo que posteriormente Ernesto bautizó como “Juancamente hablando”. (Para contar tu anécdota con Gabo o con su obra, ingresa a la sección Memoria Colectiva)
 
– Te va a tocar escribir un diccionario con ese título antes de que se te olviden las vainas –me dijo un día.
 
Eran los tiempos felices de Mundo Costeño, programa que hacíamos, con escaso presupuesto, para el canal regional Telecaribe y del cual vendíamos, para cuadrar caja, un extracto de ocho o diez minutos para Primer Impacto, de la cadena Univisión. Eso sí: nunca hicimos nada amarillista o que pudiera ensuciarle la cara a nuestro país. Y mucho menos al Caribe Universal, que es mi manera de llamar a esta región costera para no denominarla Macondo y que me acusen de copietas de Gabo.
 
Pues bien. Hubo una reunión en el Fuerte de La Tenaza y allí estaba el cataquero mayor, rodeado de los que sí, pero más de los que no. Una gran cantidad de admiradores que buscaban un autógrafo, que nunca daba, o tomarse una foto con él. Eso nos impedía el acceso al Maestro y ya habíamos perdido la esperanza de siquiera saludarlo. De pronto Gabo, que vestía chaqueta tropical amarilla de lino sobre una camisa blanca, levantó la vista y le hizo una seña a Ernesto para que le siguiéramos hacia una zona un poco oscura de la muralla.
 
Siempre me consideré el Sancho Panza del quijote McCausland. Y eso era literal, porque mi compadre me sacaba exactamente 36 centímetros de estatura y nunca me afanaba en robarle protagonismo gratuitamente. Solo entraba en la foto cuando él me lo pedía. De manera que, mientras ellos conversaban, poniendo al día los cuadernos de su amistad, tras varios años sin verse, luego de que nos presentara, me mantuve a unos tres metros de distancia, pero escuchando toda la conversación. 
 
– Ernestico –le dijo el maestro después de tocar varios temas– en mi maletín cargo dos casetes de VHS con dos historias tuyas, para demostrarle a los periodistas que vienen a los talleres de la FNPI que Macondo no es de mi exclusividad, que esa vaina no la inventé yo, que esas historias que he escrito están al alcance de todos en cualquier esquina, barrio, vereda o camino de Latinoamérica. Lo que pasa es que a la mayoría les falta ojo, oído y olfato para descubrirlas. Yo no he inventado nada. Solo he contado lo que he visto y oído, moldeando a mi gusto la arcilla de la cotidianidad.
 
– Qué maravilla, qué honor, maestro… ¿cuáles son? –dijo Ernesto.
 
– “Virgen a toda prueba” y “Yo conocí Mundo lindo” –respondió Gabo.
 
La reacción de Ernesto fue estirar el brazo moviendo su mano, indicándome que me acercara. Me tomó del hombro derecho y dijo:
 
– Gabo, esas historias no son mías, son de Juan Carlos. Yo las grabé y presenté, pero fue él quien las encontró. Esa es su especialidad como periodista.
 
El Maestro dio dos pasos hacia mí con los brazos extendidos, me estrechó fuertemente durante unos segundos y, apartándose, al tiempo que presionaba con el dedo índice de su mano derecha en mi pecho, soltó la frase que aun retumba en cada milímetro de mi humanidad:
 
– ¡Tú no eres periodista, carajo! Eres más que eso. Eres un genuino cazador de historias. Un perro sabueso con fino olfato.
 
Justo en ese momento, llegó un fotógrafo, seguido de un grupo de cazadores de autógrafos y la magia del encuentro saltó en pedazos. El hombre de la cámara la obturó, pero solo registró la imagen de Gabo mirando hacia alguien que lo abordó y yo quedé contemplándolo, lelo, mudo. Ernesto quedó fuera de plano.
Cuando nos retiramos, mi compadre me sentenció:
 
– Te jodiste, Juanca. Gabo te condenó a seguir cazando historias. De por vida.
 
Sigo cumpliendo esa sentencia. Me alienta el “Nobel” que nuestro más grande escritor tatuó bajo mi piel en las murallas de Cartagena.
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