Juan Valentín Fernández De la Gala. Foto: Julián Roldán.
Lectura

El universo médico en el realismo mágico de García Márquez

Entrevista a Juan Valentín Fernández de la Gala, autor de “Médicos y medicina en la obra de Gabriel García Márquez”.

Créditos: 
Foto Julián Roldán
Orlando Oliveros Acosta

Juan Valentín Fernández de la Gala es profesor de Historia de la Medicina y la Enfermería en la Universidad de Cádiz. Como especialista en Antropología Forense, sus labores habituales se centran en el estudio de restos óseos procedentes de necrópolis prehistóricas. Sin embargo, en estos últimos años, los hallazgos más valiosos que ha tenido no han sido sobre huesos de tiempos remotos, sino sobre el estudio de la narrativa del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

 

Como resultado de sus arduas pesquisas en esta nueva arqueología del lenguaje, Fernández de la Gala ha culminado sus estudios de doctorado con una tesis ambiciosa, titulada Médicos y medicina en la obra de Gabriel García Márquez: más de quinientas páginas sobre el universo médico oculto tras el vasto andamiaje literario del premio nobel caribeño.

 

Sentados frente a la mesita de un café ubicado en el hoy extinto Colegio de La Presentación –famoso entre lectores de El amor en los tiempos del cólera por ser el colegio de monjas donde estudió Fermina Daza–, Juan Valentín responde mis preguntas.

 

¿Cómo es que una persona graduada en medicina se interesa de un modo tan profundo por la literatura y, más especialmente, por la obra de Gabriel García Márquez?

 

Pienso que la literatura puede ser una buena forma de acercar a los alumnos a la medicina. Superficialmente, la medicina parece algo muy diferente a la literatura, pero en el fondo es también un arte narrativo. Cuando vamos al médico respondemos las preguntas del doctor y conversamos con él de nuestros síntomas, formando así un diálogo que determinará la escritura de lo que conocemos como ‘historias clínicas’. Así que, desde cierto punto de vista, los doctores también se dedican a contar historias.

 

En la obra de García Márquez esta relación entre literatura y medicina queda demostrada: hay una presencia marcada tanto de temas médicos como de personajes que ejercen la medicina. Por ejemplo, el papel del doctor Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera es indiscutiblemente central para la novela, pese a que la temática dominante sea el amor contrariado entre Fermina Daza y Florentino Ariza. En La hojarasca, el personaje del médico francés que se suicida es la pieza vertebral de la historia. En El coronel no tiene quién le escriba se describe una técnica analítica para despejar la glucosa en la orina de un diabético. En Crónica de una muerte anunciada la autopsia de Santiago Nasar constituye una parte esencial en el rompecabezas de la trama.

 

¿Cómo ha sido esa aventura de desentrañar los misterios médicos que pululan en la ficción garciamarqueana?

 

Me complazco en reconocer que en mis investigaciones he contado con la ayuda de gente generosa que me ha dado muchas pistas interesantes como Jaime Abello o Gonzalo García Barcha. Esas personas han sido mis hilos de Ariadna en el laberinto de Macondo. A Gonzalo, el hijo de Gabo, me lo encontré una vez en París y le pregunté si García Márquez tenía un médico en particular que lo asesorara (puesto que sus descripciones médicas eran impecables y ya me habían llamado la atención). Él me respondió que su padre no recurría a ningún médico en concreto, sino que tenía a su servicio todo un equipo de amigos formado por ginecólogos, psiquiatras, médicos generales y forenses a quienes consultaba día y noche para resolver las cuestiones más nimias. Concluí entonces que detrás del trabajo de García Márquez había, realmente, una documentación muy sólida.

 

Mi primera investigación se centró en La hojarasca. Empecé contactándome con la familia del boticario Antonio José Barbosa, quien inspiró –en parte– el personaje del médico que se suicida en la novela, y que en la vida real fue vecino de la familia de García Márquez en Aracataca. Con la ayuda del nieto de Barbosa obtuve fotografías de su abuelo y de su farmacia en el pueblo.

 

Luego pasé al doctor Octavio Giraldo, un personaje que aparece en El coronel no tiene quien le escriba y luego, con nombre propio, en La mala hora. Giraldo está narrado como un hombre desprendido, muy generoso con los pobres, que está comprometido con la lucha clandestina contra el poder, de forma que en cada visita aprovecha para pasarles propaganda revolucionaria a sus pacientes. Yo traté de buscar quién podría ser, en la vida real, esta persona y me encontré con que se trataba de un doctor argelino llamado Mohammed Tebbal.

 

Por medio de una entrevista en diario El País (España) me enteré que Tebbal y García Márquez se habían conocido en París. Un día cualquiera, como Gabo tenía una cara inconfundible de argelino, la policía le pidió su documentación y él no la tenía consigo, así que fue ingresado a una furgoneta junto con un grupo de argelinos y llevado a un centro de detención. El doctor Mohammed Tebbal fue quien lo sacó de aquel aprieto y, cuando lo hizo, le dijo: “Gabo, yo creo que en lugar de que estés preso sin motivo, más vale que estés preso con un buen motivo: échanos una mano en la lucha por la Argelia libre”.

 

De modo que intentando seguir el rastro de Tebbal, descubrí que era un hombre que se dedicaba a repartir propaganda revolucionaria clandestina, tal como lo hacía el doctor Octavio Giraldo.

 

Y como hacía también Alirio Noguera, el falso homeópata de Cien años de soledad que terminó siendo un revolucionario encubierto…

 

Sin duda alguna. Lo curioso es que en El coronel no tiene quien le escriba el doctor Giraldo trata el asma de la mujer del coronel y la diabetes de Don Sabas, y Mohammed Tebbal era un experto en diabetes (su padre había sido diabético) y fundó un hospital infantil para asmáticos en la ciudad de Tlemecén, Argelia.

 

Del conjunto de eventos médicos que hay en la obra literaria de García Márquez, ¿cuáles considera más asombroso?

 

La descripción y el procedimiento de la autopsia de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada me parecen brillantes. Investigando sobre el tema descubrí que hay un médico chileno, muy amigo de Gabo, llamado Danilo Bartulín, que fue quien se ofreció a redactar detalladamente el fragmento de la autopsia que luego aparecería íntegramente en la novela, salvo algunos retoques de estilo realizados por García Márquez.

 

Otro momento médico asombroso es la prueba de diabetes usada en El coronel no tiene quien le escriba, donde el doctor evalúa la diabetes de Don Sabas a través de la detección clásica de cuerpos cetónicos en orina. Conocida como la reacción de Lieben, este método analítico consiste en percibir un extraño aroma frutal en el simple calentamiento de la orina, lo cual podría poner en evidencia un exceso de cuerpos cetónicos. Así el doctor puede saber si Don Sabas tenía la dosis necesaria de insulina antes de irse para su finca.

 

También me encanta mucho la descripción que se hace de la intoxicación por cianuro en el suicidio de Jeremiah de Saint Amour, personaje de El amor en los tiempos del cólera. Estoy convencido de que para esta escena Gabo utilizó un manual de toxicología. Por ejemplo, él escribió que Saint Amour tenía el cuerpo torcido (dato exacto porque la rigidez es algo propio de este tipo de cadáveres) y que además tenía las pupilas diáfanas, lo cual concuerda con el hecho de que la trasparencia de la córnea en personas que han muerto intoxicadas con cianuro se mantiene por más tiempo que en los cadáveres normales. El olor de las almendras amargas también está justificado: ese es el típico olor del ácido cianhídrico.

 

Si a Gabo lo caracterizaba eso que los críticos literarios han llamado como ‘realismo mágico’, ¿cree que en sus textos también podría hablarse de una medicina mágica?

 

Por supuesto. Si vamos a las primeras etapas de la ciencia notaremos que éstas han estado profundamente mezcladas con la magia y la religión, tal como a veces ocurre en la obra de Gabo, donde la experiencia de leer se convierte en una forma de llegar a ese tiempo de convivencia entre la magia y la medicina. En Cien años de soledad y varias novelas más uno puede advertir una cantidad de remedios yerbateros y mágicos, propios de un tegua, así como un porcentaje de remedios modernos, más positivistas. Para ambos grupos, la distribución que hace García Márquez en sus relatos es equilibrada.

 

¿Cuál sería un buen ejemplo de personajes que contrastan por su preferencia a la medicina mágica con otros que se inclinan hacia una medicina más científica?

 

En El amor y otros demonios hay una curandera que le ofrece al Marqués de Casalduero la llave de San Huberto, la cual permitía, previo ritual mágico, combatir enfermedades como la rabia. En la otra orilla de la misma novela se encuentra Abrenuncio de Sa Pereira Cao, quien simboliza ese contrapeso de una ciencia médica naciente y positivista. Esta medicina positivista tendrá su mayor representante en los médicos de la Compañía Bananera, en Cien años de soledad, cuya medicina tecnificada está desprovista de elementos humanitarios.

 

Usted ha revelado todo un universo médico que está oculto e incorporado en el universo literario de Gabo. ¿Qué se propone con esto?

 

Con esta investigación me propongo, primero, disfrutar del gozo que suponen estos hallazgos por sí mismos, de esa emoción que implica encontrar pistas en un camino. Segundo, quiero demostrarles a mis alumnos que desde la literatura –una bien hecha como la de García Márquez– es posible acercarse a la medicina, tender un puente de dos vías entre las humanidades y la ciencia. Un buen lector es capaz de extraer información médica de calidad de la obra de Gabo.

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